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Clima de revolución en Bolivia, El sueño dorado de Castro
Por Martín Borrelli
Presidente del Partido Fede
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Como anunció el depuesto presidente Sánchez de Lozada, el golpe de estado callejero puede significar el fin de la democracia en Bolivia. Chávez y Lucio Gutiérrez tendrán un nuevo aliado para su objetivo de crear una especie de OPEP latinoamericana que “ponga de rodillas” a las multinacionales y al “imperialismo yanqui”. Del rol que jueguen Lula -y en menor medida Kirchner-, depende el futuro próximo de los países andinos.

¿Ha triunfado el pueblo en Bolivia? ¿Serán finalmente dignos los empobrecidos campesinos indígenas liderados por Felipe Quispe, ahora que no habrá de venderse el gas a EEUU? Estas y muchas otras preguntas no tienen respuesta inmediata. Lo que si queda claro, como ya quedó peligrosamente demostrado en Argentina, es que el voto popular ha dejado de ser condición suficiente para mantener la legitimidad de un gobierno. De la Rua tuvo que irse por la fuerza a los dos años; menos suerte tuvo Lozada que apenas superó el año al frente del Ejecutivo.
Uno de los presupuestos básicos de la democracia repúblicana, el sufragio como base de la legitimidad del poder, ha sido reemplazado por el uso de la fuerza como único atributo. Cacerolazos, puebladas, todo parece valer a la hora de oponerse a determinadas políticas. Ya no se trata de golpes militares con las Fuerzas Armadas custodiando los valores occidentales y cristianos, como en los 60s y 70s, sino de distinto tipo de líderes políticos que aprovechan el descontento popular para salir de forma violenta a la calle. ¿Habremos inaugurado los argentinos –sin darnos cuenta- la era de los golpes civiles? Estas movilizaciones, si bien produjeron efectos parecidos –la sustitución del presidente por su relevo constitucional- en el caso de Bolivia tienen una naturaleza diferente por el alto componente ideológico de la revuelta boliviana, que debería preocupar a los propios bolivianos y a la región toda.

Indigenismo y socialismo

Los reclamos de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos (CSUTCH) que lidera Felipe Quispe no son en absoluto nuevos y mal que les pese a muchos progres a ambos lados del atlántico, tampoco son una respuesta al neoliberalismo salvaje de los últimos 18 años en Bolivia. Similares planteos ya había formulado en 1928, el peruano Juan Carlos Mariátegui (1895-1930) uno de los más calificados expositores del marxismo latinoamericano. En su libro titulado “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, Mariátegui ya fundía indigenismo y socialismo plasmando muchas de las reivindicaciones que hoy formulan los indígenas liderados por Quispe.

Para Mariátegui, el problema indio, más que un problema racial, es un conflicto que remite a la posesión de la tierra: el latifundismo era el responsable del atraso y la servidumbre de los indios, sumado a la subordinación de los productores locales a las necesidades extranjeras. En 1929, Mariátegui planteó un programa mínimo de seis puntos, que luego con las particularidades de cada país, sería repetido por todos los movimientos insurgentes de Latinoamérica: 1) reforma agraria y expropiación forzosa de los latifundios; 2) Confiscación de las empresas extranjeras; 3) Desconocimiento y denuncia de la deuda externa; 4) Creación de milicias obrero-campesinas; 5) jornada laboral de 8 horas; 6) Creación de soviets en municipios controlados por las organizaciones obrero campesinas.

Salvo el punto 5 que es norma en todo el mundo capitalista y el punto 6 que resulta impracticable después de la caída del muro de Berlín, los otro cuatro puntos subsisten en el planteo del pueblo Aymará. Es más, el propio presidente Mesa dijo ante 5000 campesinos reunidos en la Plaza de los Héroes que convocará una Asamblea Constituyente donde se incluya la forma de repartición de la tierra. Y aunque los campesinos admitieron la tregua que pidió el Presidente –le dieron 90 días para que proponga soluciones–, Quispe aseguró que ella tiene condiciones. “Si el Presidente abroga el Código Tributario, es nuestro amigo. Si el Presidente anula la Ley de Seguridad Ciudadana, comerá chairo y pesk'e con nosotros; si no aprueba el ALCA, será nuestro Presidente”, dijo el dirigente campesino.

Táctica revolucionaria

Es evidente que Quispe y los líderes indígenas, en el más puro estilo leninista, han aprovechado el descontento de una parte de la población para dar un golpe de estado en la calle a un gobierno legítimo, elegido democráticamente. Es la misma triste historia de Cuba, Nicaragua o El Salvador. Aunque con una diferencia: esta vez, el modelo revolucionario no es el de Castro con el fusil en la mano, sino el de Allende en Chile, reeditado por Chávez en Venezuela y por Lucio Gutiérrez en Ecuador. Se trata de utilizar las instituciones democráticas, en combinación con la presión de grupos violentos organizados, para implantar una dictadura de corte socialista con apariencia de régimen democrático. No es difícil predecir cuáles serán las consecuencias para las libertades democráticas y para la economía si se observa el ejemplo de Venezuela.
Es más, Quispe asegura que el movimiento campesino no ha renunciado a la idea de tomar el poder político por cualquier vía. “Para eso nos hemos movilizado. Tenemos que pensar en llegar al poder político, ya sea por la vía legal o por la vía más revolucionaria. Estamos maquinando por ese lado, no estamos tranquilos porque no podemos perder nuestro territorio toda la vida; algún día tenemos que recuperarlo”, declaró por ejemplo Quispe al diario La Nación de Chile.

Antiimperialismo y miseria

Primero fue la “guerra del agua” en abril de 2000, en el marco de las privatizaciones de empresas públicas iniciadas en 1995, que se saldó con la retirada de la empresa adjudicataria, presionada por las turbas convocadas bajo el lema de que el agua es un “bien social”, y no “una mercancía”. Y ahora la “guerra del gas”, iniciada hace un mes por grupos indígenas con cortes de carreteras y graves disturbios que mantuvieron cerrada durante varios días las rutas de comunicación con Perú. A este motín sedicioso se unieron las centrales sindicales y el Movimiento al Socialismo de Evo Morales. Ahora Carlos Mesa sustituirá a Lozada con un programa calcado de las reivindicaciones de Evo Morales y sus aliados: no exportar el gas a EEUU y Méjico, revisar todas las privatizaciones acometidas desde 1995 y, esto es lo más importante, convocar una asamblea constituyente para cambiar el modelo político de Bolivia, muy probablemente en el mismo sentido que Venezuela y Ecuador.

Ahora bien, si las naciones más desarrolladas no importaran cantidades ingentes de minerales, combustibles o alimentos, la situación del tercer mundo sería mucho más grave, como ha podido comprobar cualquier país subdesarrollado cada vez que la Unión Europea ha restringido las importaciones. El problema se resume en una cuestión de modelos a nivel continental: Cuba y Chile ilustran dos concepciones del desarrollo diametralmente opuestas. Una estatista, centralista y planificadora y la otra, liberal. La primera conduce a la pobreza generalizada y la segunda a la superación de los lastres del subdesarrollo. Para Castro la pobreza es el resultado de un despojo; si las multinacionales explotan a los países pobres llevándose sus riquezas, hay que expropiarlas. Si el campesino es victima de los latifundistas y empresarios agrícolas, hay que colectivizar la tierra. Ya sabemos adonde ha ido a parar Cuba.

Chile siguió la vía opuesta. Aplicando el modelo liberal de apertura a los mercados, privatizando empresas que antes eran monopolio del Estado, dando entrada a la inversión extranjera, obtuvo en la década pasada aumentos del PBI del 6% anual en promedio. Y Chile no está situada en el medio de Europa.

Esperemos por el bien de Bolivia, que sus dirigentes miren más a Santiago que a La Habana, que su inspiración no esté en las páginas amarillentas que Castro escribió en Sierra Maestra sino en la pujanza y la modernidad que le pueden ofrecer los vínculos comerciales con los países del Mercosur y del Nafta.

"Si el pueblo cree que éste es un mal presidente, se merecerá que lo expulsen también", afirmó Mesa colocándose la mano en el pecho en la plaza de los Héroes ante 5000 campesinos. Visto las demandas de Quispe creemos que a Mesa le ha llegado la hora de poner las barbas en remojo.

Fuente: Noti Cuba Ed Buenos Aires
Gentileza de: La Hoja Federal   http://www.federal.org.ar/hoja                                                
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