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La religión de la memoria.
Por Jacobo Machover

Auschwitz-Birkenau, 31 de enero de 2001. Vine con mis primas, cuyo padre murió aquí, en busca de algunas huellas de él, de nuestro abuelo común, al que ninguno de nosotros conoció (los judíos de mi generación nunca tuvieron abuelos), y de otros familiares, deportados también, de los cuales sólo tengo ecos lejanos, leyendas, dudas. Mi tío no murió aquí. Fue deportado a Maidanek o a Sobibor, no se sabe. Tampoco volvió. Tenía apenas veinte años. Desde mi infancia oí hablar de todos ellos como si estuvieran vivos. El último recuerdo es el de su detención, en París o en el centro de Francia, su paso por Drancy, uno de los campos de tránsito hacia la muerte programada. Y después, nada más. O sí. Mi abuela, muerta de pena. Mi padre, exiliado a Cuba. Mi madre, escondida en Francia durante toda la guerra. Y tantos más, supervivientes o no, que vivieron la barbarie en carne propia, sin entender lo que ocurría. Pero ¿es posible entender el horror?

El horror se lee en los ojos. Es intraducible. Nuestro guía es un antiguo deportado, de apellido Baron. Está acompañado por un joven polaco, que cuenta lo que sabe, lo que pudo investigar, sin atreverse a dar ninguna explicación, incrédulo ante ese espectáculo permanente que es Auschwitz, en el que no se ve nada, en el que sólo queda imaginar lo que pasó detrás del cartel Arbeit macht frei (en Auschwitz 1, el primer campo), o detrás de la entrada de Birkenau (Auschwitz 2, el campo de exterminio, donde yacen los restos de las cámaras de gas, monstruos destrozados por sus creadores poco antes de su huida). Baron cuenta lo que vio, la muerte de decenas de niños, no lo que vivió. Él es hoy un hombretón, un tipo fuerte con voz estentórea que no deja traslucir casi ninguna emoción. Se dirige, solo, a las alambradas. Se apoya en ellas, mirando hacia más allá del bosque de abedules. Su cuerpo inmenso se ve sacudido por sollozos incontenibles. Tiene lágrimas en los ojos. Me acerco a él, lo cojo del brazo. Me dice: «No quiero que me vean llorar». Su voz ya no es la del hombre que está con nosotros. Es la del niño, del adolescente, que llegó a Auschwitz con dieciséis años, después de un periplo por los campos de concentración situados en Alemania. Éste fue el peor, el más inconcebible, el campo de la muerte cuyo nombre resume el de todos los demás, el colofón del horror en vida. ¿Qué ha visto Baron detrás de las alambradas? Lo indecible.

Son tantos los que han intentado contar sus sufrimientos y sin embargo son demasiado pocos. Habría que oír y volver a oír, siempre, para saber de qué son capaces los hombres, por fanatismo, por locura racionalizada al extremo, por deseo de exterminar al otro, a los otros, a los que no son como ellos, a los que quedan reducidos al rango de animales sin nombre (sólo números), sin formas (sólo huesos), sin rostro (sólo ojos desorbitados).

El jardín de la muerte

Los relatos de los supervivientes se parecen. La literatura de los campos de concentración posee sus clásicos: Si esto es un hombre, de Levi; La especie humana, de Antelme; Más allá del crimen y de la expiación, de Améry. Varios fueron escritos poco después de la liberación, cuando la gente no quería creer, ya que lo que sus autores contaban no cabía en la mente humana. O cabía demasiado. Era el monstruo que todos, no sólo los alemanes, llevamos dentro. Cada uno de esos testimonios (al igual que otros, anónimos) aporta una piedra al jardín de la muerte, al cementerio sin tumbas que fue la Shoah, el Holocausto, el genocidio.

Lo esencial, sin embargo, no reside en la capacidad humana de pensar lo inconcebible hasta entonces sino en la capacidad de transmisión de la memoria. Los supervivientes, ilustres o desconocidos, se nos están muriendo. Asistimos, impotentes, a la banalización de ese Mal. A pocas decenas de metros de la entrada de Auschwitz 1, al lado del museo que muestra, amontonados, lentes redonditos de intelectuales y maletas con nombres de desconocidos y de familiares, fotografías de deportados y mechones de pelo, hay tiendas de souvenirs de Polonia, libros más o menos serios sobre el universo concentracionario, postales. Fuera del campo hay, incluso, un revisionista polaco que afirma que todo es mentira, que las cámaras de gas nunca existieron, que la realidad es la existencia de una piscina y de un prostíbulo para los SS y para los detenidos privilegiados. Lo grotesco en medio del horror, como las orquestas que acompañaban a los deportados que se levantaban, de madrugada, para ir a trabajar.

La memoria se transmite de manera extraña, siempre dispareja. Surge en los momentos en que menos se espera. No hay palabras suficientes, por más libros que se hayan escrito, por más películas que se hayan rodado, por más testimonios recogidos u olvidados. Sólo la poesía cruda de la realidad ayuda a sentir alguna de las emociones vividas por los que murieron y por los que escaparon a la muerte, de milagro. En Auschwitz murió la poesía entendida como elegía, como canto de vida y esperanza, murió la fe, murió la religión. Lo único que queda es la memoria de los testigos y, sobre todo, la de los que vendrán, para transmitir el relevo, de generación en generación. Como otra religión.